El hombre de
la Edad de Oro
Cartas a María
Cartas a María
Martí vivió mucho tiempo en Nueva York, en la casa de la familia Mantilla. Allí lo quisieron y cuidaron mucho. Él también cuidó y quiso, sobre todo, a las niñas de la casa: María y Carmen. Al parecer, más a María.

Cuando Martí vino a Cuba, a pelear por la libertad, les escribía casi todas las semanas, aunque su trabajo fuera mucho y estuviera muy cansado. Quería que lo recordaran como él las recordaba; quería consolarlas por su ausencia; y seguir enseñándolas a vivir. He aquí trocitos de aquellas cartas.

“¡Ah, María, si me vieran por esos caminos, contento y pensando en ti, con un cariño más suave que nunca, queriendo coger para ti, sin correo en qué mandarlas, estas flores de estrellas, moradas y blancas, que crecen aquí en el monte.
Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y revolver a la cintura, a un hombro una cartera de cien cápsulas, al otro, en un gran tubo, los mapas de Cuba, y a la espalda mi mochila, con sus dos arrobas de medicina y ropa y hamaca y frazada y libros, y al pecho, tu retrato.”

“Le hablé de ti a una guajirita que sabe leer... ahora le llevo de regalo un libro: se lo llevo en tu nombre. Haz tú como yo: haz algo bueno cada día en nombre mío.”

“Procura mostrarte alegre, y agradable a los ojos, porque es deber humano causar placer en vez de pena.”

“¿Y mi traje? Pues pantalón y chamarreta azul, sombrero negro y alpargatas.”

“Estudia, mi María, trabaja y espérame.”

“No tengas nunca miedo a sufrir. Sufrir bien, por algo que lo merezca, da juventud y hermosura.”

“En Cuba les escribo, a la sombra de un rancho de yaguas. Ya se me secan las ampollas del remo con que halé a tierra el bote que nos trajo. Éramos seis, llegamos a una playa de piedras y espinas, y estamos salvos, en un campamento, entre palmas y plátanos... Yo, por el camino, recogí para la madre la primera flor; helechos para María y Carmita; para Ernesto una piedra de colores. Se las recogí, como si las fuese a ver, como si no me esperase la cueva y la loma, si no la casa abrigada y compasiva, que veo siempre delante de mis ojos.”

“Una palma y una estrella vi, alto sobre el monte, al llegar aquí antier, ¿cómo no había de pensar en Carmita y en María?”
 
José Martí