Nuestro José Martí pasó años de su vida en Estados Unidos, formando y uniendo a los cubanos que habían tenido que ir a aquel país porque no encontraban trabajo en Cuba; o porque los colonialistas españoles los habían expulsado de la patria, como a él.
Allí tuvo amigos que lo quisieron mucho, que lo admiraron, y que contaron, para dicha nuestra, cómo vieron ellos a nuestro Héroe Nacional.
Es por eso que podemos decir que Martí era de estatura mediana, delgado, de pie pequeño... Que a primera vista parecía muy serio, triste; y que era serio en el trabajo y le entristecían la patria esclavizada, la ausencia de su familia, la pena de un amigo... pero que en sus pocas horas de reposo, no lo había más alegre, más conversador.
Solía decir que comer solo era como robarle un gusto a algún amigo. Por eso llevaba a sus amigos a comer a su casa o a restaurantes, no lujosos, pero, donde servían, bien hechas, comidas típicas de distintos países. Él ordenaba la comida y pedía un vino apropiado. Fuera de esas ocasiones, comía poco y no tomaba bebidas alcohólicas. Tampoco fumaba.
Vestía siempre de negro. Decía que con un traje de ese color, limpio, y con una cara honrada, se podía ir a cualquier parte.
Por el mucho trabajo que tenía, dicen que seguramente no podría dormir más de tres o cuatro horas; pero que si asistía a una fiesta, se le veía contento y buscando la compañía de las mujeres menos bonitas. A todos extrañaba esto, y cuando le preguntaron, contestó que a las feas nadie les hacía caso y que era un deber tratar de que se sintieran felices. También decía que todos los seres humanos tenían algo bueno; solo que había que saberlo descubrir.
Andar por el campo, leer, escuchar buena música, ir al teatro, eran sus diversiones preferidas. En los tiempos de trabajo interminable por la patria, renunciaba a estos gustos, menos al de leer. Para Martí leer era como vivir.
A algo más no renunciaba: a enseñar. Cansadísimo por el día de trabajo continuo, encontraba fuerzas para dar clases por las noches a los cubanos pobres que no habían podido alfabetizarse; y una vez a la semana les llevaba música, para que aprendieran a escucharla, para alegrarlos. Después de las clases, ¡de nuevo al trabajo, antes que al descanso!
Cuentan que a todos sabía tratar: al más importante y al más humilde. Al primero, con la palabra justa y el respeto; al segundo con la palabra justa, el respeto y la modestia.
Pero más que a nadie, amaba a los niños y ellos lo amaban a él. Sabía escucharlos, les escribía poesías, les hacía regalos, aunque su dinero fuera poco; y les leía o les narraba cuentos famosos; o se los inventaba en el momento, con una gracia y una alegría que encantaban.
Para una niña pequeña, escribió una poesía que comienza:
“No hay en la bárbara guerra
Del mundo, más que un consuelo:
Las estrellas en el cielo
Y las niñas en la tierra.”
A un niño de 6 años a quien regaló un libro que hablaba de ciencia:
“A Alberto, que es un hombre de ciencia.”
Cuando llevaba unos días en Cuba ya con la guerra andando, Máximo Gómez, el viejo guerrero acostumbrado a la pelea, se admiraba de que Martí, enfermo, sin costumbre de andar por el monte, caminara a la par de los demás, cargado con su repleta mochila, el rifle, las balas... Y en los descansos, escribía, curaba heridos, preguntaba nombre de lugares, de animales, de árboles, de flores...
Y Martí ponía en las cartas, que nunca se había sentido tan feliz; y en su diario de campaña: “SUBIR LOMAS HERMANA HOMBRES.”
¿Tú has estado en Playitas, el lugar por donde desembarco Martí? Dice mi abuelo que todos los cubanos deben de ir alguna vez en la vida a aquel lugar. ¡Él me llevó hace poco!