El hombre de
la Edad de Oro
David y Goliat
David y Goliat
Cuenta un cuento muy viejo, que había un joven pastor llamado David, y un gigante, Goliat, que creía que con su fuerza podía abusar de todos.

El caso es que este Goliat siempre llevaba puestos casco, coraza, y en una mano tenía el escudo, y en la otra, una espada grande, como él. Y que se había ido a una llanura a decir bravuconerías, y que nadie se le acercaba, y que él se reía con carcajadas como truenos; y que entre una y otra, gritaba:

–¡A ver, a ver quién puede conmigo!

Y no había quien se le acercara. Y el gigantón se reía más alto aún.
Y el caso es que en aquel lugar vivía David, un muchachito alegre, que no hacía maldades. Todo el día lo pasaba cuidando las ovejas de su familia; llevándolas a lugares donde hubiera buena hierba para comer, y al río, donde se quitaban la sed. Si tenía una oveja recién nacida, él la cargaba si la veía cansada, y acariciaba a la madre. Y por las tardecitas, después que el Sol se iba, el pastor jugaba con las ovejas, corriendo tras ellas, que se viraban y daban golpecitos con sus cabezas en las piernas de David.

Después de este retozo, el pastor dejaba a los animalitos en un lugar seguro y se iba al río, a darse un chapuzón. Luego, caminaba hasta su casa para comer su pan y su queso. Si había buen tiempo, regresaba con sus ovejas y dormía bajo un árbol, cerquita del rebaño.

¡Ah! Se me olvidaba decir que David tenía una honda que usaba de lo mejor. Durante años practicó y practicó, y no había quien le ganara en eso de tirar piedras lejos y con fuerza. La honda la utilizaba para jugar, pero, sobre todo, para defender a las ovejas. Si un lobo se acercaba, a pedradas lo hacía huir David, y si volvía, apuntaba mejor, y por lo menos le rompía una pata para que aprendiera a no atacar a los animales indefensos.

Y resulta que un día David se enteró de lo que estaba pasando con Goliat. A David no le gustó nada. Y pensó:

“Así que porque es grande anda abusando de todo el mundo... Eso no es justo. Y si nadie se le enfrenta, no nos dejará vivir tranquilos.”
Por eso dijo:

–¡Voy a pelear con el Goliat ese!

Trataron de convencerlo de que si hombres ya hombres, y buenos guerreros, no se atrevían, menos debía atreverse él. –¡Voy a pelear con el Goliat ese! –volvió a decir.
Y allá se fue con su honda y con varias piedras que había recogido en el río. Cuando a Goliat le dijeron que aquel muchachito iba a pelear con él, se rió tan fuerte que sus carcajadas doblaban los árboles altos y levantaban polvareda por todas partes.
Al llegar David, el gigantón seguía riéndose. Pero David no tuvo miedo. Sin decir nada, puso una piedra en su honda, apuntó mejor que nunca y la lanzó. La piedra fue a enterrarse en la frente de Goliat, quien dio unas vueltas sobre si, dejó caer el escudo y la espada, y luego cayó él, muerto.

Todos se quedaron tan sorprendidos que no encontraron qué decir. David sí dijo:
–Lo primero es no tener miedo a nadie, por más gigante que sea. Lo segundo es estar convencidos de que tenemos la razón, de que es justo lo que queremos. Lo tercero es saber usar bien el arma que tengamos.
 
El lobo es el peor enemigo de las ovejas, el que más las persigue.