
“Es la mujer que más ha conmovido mi corazón”, escribió Martí cuando supo que había muerto en Kingston, Jamaica, Doña Mariana, madre de los Maceo y de los cubanos, porque lo dio todo para que Cuba fuera libre.
En 1868, luego del 10 de octubre, hace jurar a sus hijos que lucharán por la libertad: los mayores marchan a la manigua con el padre, y ella los sigue con los pequeños porque su casa es quemada. Cuando Antonio es herido grave y lloran algunas mujeres, ella dice: “¡No quiero lágrimas!”, y a Marcos, el más chico: “¡Empínate, ya va siendo hora de que te vayas al campamento!”. Sus hijos luchan durante treinta años de guerra y todos son bravos mambises.
Cada vez que alguno muere, ella alienta a seguir combatiendo. En el exilio, la casa de la viejecita es refugio de patriotas. Allí va Martí, antes de iniciar la Guerra Necesaria, a rendir tributo a la madre y patriota ejemplar, de ella dirá: “...me acarició como un hijo, y la recordaré con amor toda la vida”.