
Cuando en nuestro planeta reinaban el frío y las tinieblas, llegó a la Tierra Gnowee. Ella, además de
traer consigo a su pequeño hijo y a muchos familiares y amigos, trajo también el fuego.
La vida era muy dura con tanto frío y oscuridad, por eso muchos de ellos se enfermaron y entre todos debían trabajar muy duro para buscar los alimentos a la luz de las antorchas.
Un día, mientras Gnowee recogía frutos y raíces en los campos, su hijo salió de la cueva donde se refugiaban y se perdió en la oscuridad interminable.
Al saberlo, su madre, encendió una antorcha enorme y salió en su busca. Recorrió toda la tierra; desesperada, quería ver en todas partes. Tanto deseaba hallarlo que con un gran esfuerzo, se elevó por el aire y la luz pudo al fin alumbrar la Tierra, pero ni así logró encontrar a su pequeño.
Por eso, cada mañana sube al cielo con su gran antorcha encendida en las manos y solo desciende para descansar cuando la vence el sueño. Entonces vuelve otra vez la oscuridad.