
En mi casa el jugo de mango o de guayaba no pueden faltar a la hora de las comidas. Por eso, casi sucede una tragedia cuando se rompió la batidora.
En el taller y en las tiendas no había la pieza que debía cambiarse, el eje que trasmite la fuerza del motor a la cuchilla que gira y bate el alimento. Entonces mi papá tuvo “la gran idea”: llevársela al tornero. Y así, volvimos a tomar jugo.
El tornero fabrica piezas cilíndricas hechas en revolución (movimiento cilíndrico), o sea en constante giro.
Las piezas que se logran en el torno pueden ser roscadas en espiral en toda su extensión o en las puntas, ranuradas como las poleas, lisas en toda su extensión o escalonadas según el diámetro del cilindro en cada una de sus partes.
En el torno se coloca una barra de metal en posición horizontal y se hace girar; entonces por un lado, una cuchilla avanza a determinada velocidad y rebaja el metal hasta llevarlo al diámetro deseado.
Desde ejes tan pequeños como el del reloj pulsera hasta los enormes de centrales azucareros se hacen en el torno.
El tornero debe conocer de metales, diferenciar entre el acero y el aluminio, saber la dureza de cada uno para, de acuerdo con ello, poner la velocidad a que debe girar el torno y a la cual avanzará la cuchilla.
Ahora sé que el tornero puede hacer maravillas. Piezas para relojes, batidoras, vehículos, fábricas… en fin, creo que lo puede todo.